jueves, 29 de enero de 2009

COMO ENSEÑAR Y APRENDER MADUREZ EMOCIONAL A NUESTROS HIJOS.

Todos los padres somos conscientes de la responsabilidad diaria para con los hijos; velar por alimentarlos, vestirlos y educarlos, cuidarlos… y que sean felices.

No es difícil entender lo que debe hacerse para suplir las necesidades físicas. Reconocemos los peligros, proporcionamos comida y vestido, tenemos sistemas escolares que se encargan en buena parte de la educación de nuestros hijos. Pero ¿la felicidad? ¿Quién la puede definir ­­y, sobre todo, quién puede decir cómo se puede alcanzar?

El niño feliz es el que está en contacto con las muchas satisfacciones que la vida ofrece. El camino hacia la felicidad es tanto para los padres como para los hijos, es simplemente el de enseñarle al niño un repertorio adecuado de conductas, de tal manera que estas satisfacciones estén disponibles con mayor facilidad. Nuestra responsabilidad como padres es enseñarles a los niños un comportamiento apropiado, emocionalmente inteligentes, de manera que la gente quiera estar con ellos y así se sientan orgullosos de sí mismos, aprendan a madurar y, con el tiempo, lleguen a ser adultos responsables.

¿Qué es comportamiento adecuado?

Puede definirse por deducción: es lo opuesto al comportamiento incorrecto que todo el mundo nota, los momentos perturbadores que llaman tanto la atención. Puesto que vemos con facilidad todas las cosas incorrectas, si definimos un repertorio positivo de conductas, tenemos un menú de lo que creemos que el niño debería estar haciendo.

Obviamente, esto no es todo lo que se necesita. Saber lo que queremos que un niño haga produce automáticamente una receta para tener la inteligencia emocional necesaria para lograr que esto suceda. Una vez definidos los comportamientos apropiados, también necesitamos desarrollar métodos para estimular sistemáticamente en el niño el crecimiento emocional que se requiere para cambiar la dirección de su conducta de una fuente de infelicidad, a una de satisfacción. ­

NADIE OYE SERMONES

Como sabemos, un sermón es un discurso que trata de hacer que la gente cambie su forma de actuar. Parte del problema de dar sermones es que rara vez elogian. En lugar de eso, el sermón generalmente dice: ¨Esto es lo que has hecho mal, cómo no has estado a la altura, en que has fallado; y ésta es la forma en que debes cambiar, en que debes mejorar¨. Al comunicarle valores al niño, le dice ¨Este es el comportamiento que estoy criticando¨, y ¨esta es la forma como quiero que te portes; éste es el comportamiento valioso¨.

La crítica es desagradable. A nadie le gusta que lo critiquen, nadie se va a sentir bien si frecuentemente le hacen comentarios negativos. Duele, y a nadie le gusta que le duela, física o verbalmente. A pesar de que las personas que asisten a la iglesia o a reuniones de evangelización puedan estar buscando un sentido para su vida, de todas maneras les duele cuando un clérigo, que habla con la más alta autoridad espiritual, les señala lo que están haciendo mal. De la misma manera, un niño a quien sus padres, que hablan con la más alta autoridad que conoce, le dan un sermón es susceptible de que le hagan daño las críticas que estas palabras contienen. ¿Sorprende acaso que las palabras siguientes, que le dicen lo que debería hacer, caigan en oídos sordos?

La repuesta natural a la crítica es sentir rabia y desentenderse del mensaje que, supuestamente, va a tener una influencia positiva. El niño se puede proteger de las palabras negativas de crítica oponiéndose a sus padres, quizás tratando de entablar un diálogo que justifique su conducta. O puede simplemente dejar de oír las palabras desagradables y todo lo que sigue.

Con el objeto de protegerse de la crítica dolorosa, el niño dejar de oír. El sermón ha surtido efecto contrario al que se proponía: no escuchar es incompatible con el aprendizaje, entonces, en vez de enmendar el comportamiento improductivo o inadecuado, el sermón lo afianza.

Un niño no aprende valores oyendo hablar de ellos en un discurso admonitorio que comunica un mensaje, después de una crítica.

Algunas veces los padres recurren a diferentes formas de castigo para ayudar a comunicar valores: por ejemplo, enviar al niño a su cuarto para pensar sobre sus infracciones durante treinta minutos. El castigo, utilizado con poca frecuencia, es de alguna utilidad en la educación de los niños; pero no me puedo imaginar a muchos niños que se someterían voluntariamente a treinta minutos (o treinta segundos) de reflexión dolorosa. Pensarán sobre algo, pero no sobre lo que hicieron o la manera de mejorar.

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